¿Destrucción de la familia bajo el comunismo?
- María
- 13 nov 2020
- 7 Min. de lectura
“Familia”, rito o convenio, en latín significa “conjunto de esclavos”
Desde pequeños se nos inculca que la familia es el núcleo de la sociedad. Luego, se nos enseña que el comunismo socava la familia y busca arrebatar de los brazos de los padres a los niños y destruir todos los valores de una sociedad sana y estable. Para Marx y Engels, la familia era el cimiento de la sociedad capitalista por lo que argumentaban que esta solo existe entre la burguesía. Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios. Para corregir esto, ellos creían que la familia debía ser reemplazada por la vida comunal, donde los individuos no estaban unidos por la vida familiar.
Para los burgueses la familia tradicional representa esa unidad básica de estabilidad social, quasi divina, en la que se forman en valores y moral a las siguientes generaciones. En una familia el hombre es quien se esfuerza por progresar, carga con la responsabilidad de cuidar a la familia, y se sacrifica para proteger a su esposa como si fuera parte de su propio cuerpo. Mientras tanto, la mujer es la que da vida y nutre todo con gran virtud, la que debe ser complaciente, apoyar siempre a su marido y educar a los niños. Pero claro, según los burgueses, nunca se busca sugerir que el hombre sea superior a la mujer, nada más señalar que sus aptitudes son diferentes.
Ahora bien, la familia, al igual que todas las instituciones modernas, no es más que una construcción social y, como tal, está sujeta a cambios. En El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Engels describe cómo la familia se originó en el neolítico cuando la sociedad se dividió en clases por vez primera. Entonces, esta era necesaria para asegurar la transmisión ordenada de la propiedad y el poder a los herederos del patriarca, la siguiente generación de la clase dominante por una parte, y la de los esclavos, por otra. La familia le es invaluable a la burguesía pues le sirve para que la gente sea socializada de manera tal que acate normas, respete a la autoridad y desarrolle hábitos de obediencia. Además, le sirve también como reserva de pequeña propiedad privada y en algunos casos de pequeña producción, operando como freno ideológico a la conciencia social.
Sin embargo, ya en 1918 Alejandra Kollontai afirmaba que desde hace un siglo esa familia tradicional había experimentado una destrucción progresiva en todos los países del mundo. Mientras que en el periodo precapitalista la familia era la unidad de producción, bajo el capitalismo se convierte en una unidad únicamente de consumo. Lo que más ha contribuido a que se modifiquen las costumbre familiares ha sido, indiscutiblemente, la enorme expansión del trabajo asalariado de la mujer. Anteriormente, era el hombre el único sostén posible de la familia. Pero como el salario del hombre dejó de ser suficiente, el régimen capitalista obliga a las mujeres a buscar trabajo remunerador fuera de su casa. Los niños crecen abandonados y por tanto, los lazos familiares y la familia se disuelven cada día más. La misma Kollontai aseguraba que la familia es cada vez menos necesaria a sus propios miembros y al Estado.
Consecuentemente, la vieja familia, en la que se producen mercancías y servicios que no se venden y son simplemente para el uso familiar, se ha convertido en un obstáculo. Los empresarios están contentos ante la posibilidad de utilizar gran cantidad de mano de obra porque esto les permite reducir los costes de producción. Si en la familia precapitalista el hombre tenía que obtener por sí mismo los artículos para mantener a toda la familia, ahora esa remuneración se puede repartir entre los salarios de todos los miembros de la familia que entran al mundo laboral. En el primer volumen de El Capital leemos que el valor de la fuerza de trabajo no se determina por el tiempo de trabajo necesario para el sustento del obrero, sino por costo de manutención y reproducción de la familia obrera. Al lanzar a la maquinaria a todos los miembros de la familia obrera sobre el mercado de trabajo, se obtiene varias jornadas de trabajo en lugar de una y se reparte el valor de la fuerza de trabajo del hombre entre toda su familia.
Con la división del trabajo, que lleva implícitas todas estas contradicciones y que descansa, a su vez, sobre la división natural del trabajo en el seno de la familia y en la división de la sociedad en diversas familias opuestas, se da, al mismo tiempo, la distribución desigual del trabajo y de sus productos. Es decir, la forma inicial de la propiedad, se encuentra ya en la familia patriarcal basada en la propiedad privada donde la mujer y los hijos son los esclavos del marido. La esclavitud, todavía muy rudimentaria, latente en la familia, es la primera forma de propiedad.
No es casualidad que Engels haga referencia al antagonismo entre el hombre y la mujer en el matrimonio monógamo, como el primer contraste de clase que aparece en la historia e identifica la opresión del sexo femenino por el masculino, como el primer episodio de la opresión de clase. En la familia él es el burgués, la mujer representa al proletario. El capitalismo ha cargado sobre los hombros de la mujer trabajadora un peso que la aplasta; la ha convertido en obrera, sin aliviarla de sus cuidados de ama de casa y madre. Otrora, la mujer se quedaba en casa y trabajaba en la creación de todo tipo de productos. A pesar de que este trabajo no era valuado directamente en dinero, los recursos del hombre, sin el trabajo doméstico, no eran suficientes para mantener el hogar. De manera que la mujer también contribuía a la prosperidad económica del país. Esa realidad fue modificada por el capitalismo.
Las actividades cotidianas de la familia, que recaen principalmente sobre los hombros de la mujer, no contribuyen más que a consumir todas sus energías y tiempo. A pesar de esto, el trabajo de la mujer para la familia contribuye a la creación de plusvalía mediante el cuidado del marido y la crianza de los niños con miras a su eventual ingreso al mercado laboral. La socialización de los pequeños es una labor doméstica importante para la conservación del sistema capitalista pues es ahí donde la ideología burguesa se transmite de una generación a otra. Sin embargo, las tareas domésticas han perdido valor para el Estado, desde el punto de vista económico. Entonces, no tiene sentido que la mujer se desgaste realizando todo tipo de tareas en su casa si al final del día no quedará un resultado material de su trabajo, no habrá creado nada que pueda ser considerado como una mercancía en el mercado comercial pues trabajo doméstico no tiene ningún valor. Y la persona que realiza este trabajo (la mujer) tampoco tiene valor porque no obtiene dinero por él.
En la Sociedad Comunista, estos trabajos serán realizados por un grupo de trabajadores dedicados únicamente a estas ocupaciones, de manera que la mujer trabajadora podrá vivir su vida más alegre, más rica, más libre y más completa, libre de estas tareas y rodeada de la misma belleza y comodidad de las mujeres burguesas.
Junto con esto, la mujer quedará también libre de la dependencia de su marido, pues será ella misma quién se proporcione el sustento. De esta manera, el matrimonio quedará libre de todas las preocupaciones materiales que perturban las relaciones de nuestro tiempo. Durante la etapa de transición el divorcio dejará de ser un lujo y la mujer trabajadora podrá liberarse del yugo de su esposo con facilidad. Después, la unión libre entre personas -alejado del fraude de la Iglesia- será únicamente entre quienes se aman y son camaradas. De la mano de la desaparición del matrimonio, y de la propiedad privada, se esfumará también otro lastre de la humanidad: la prostitución.
Otro aspecto del que la Sociedad Comunista se encargará es la incertidumbre sobre la suerte con la que correrán los niños. Cómo se mencionó previamente, con la incursión de la mujer a la vida obrera los niños quedan desprotegidos. Por un lado se encuentran aquellos niños que son enviados a guarderías que, en muchos casos, son más bien precarias. Luego están aquellos que tiene la suerte de ser cuidados por sus abuelos. Y finalmente, están los hijos del proletario que terminan siendo criados por la calle. De todas maneras, bajo el régimen capitalista la educación de los niños ha dejado de ser una obligación de los padres, pues la escuela los ha suplido en esta labor. El resto de tareas que recaen sobre la familia, como alimentar, vestir y calzar al niño, son cargas con las que los obreros promedios tienen dificultades debido a su reducido salario. Cuestiones como están terminan con un niño de diez años convertido en un obrero independiente.
Puesto que los padres proletarios no pueden asegurar la subsistencia de los niños, será el Estado Comunista quién asuma estas responsabilidades. Sin embargo, los padres no deben preocuparse pues no se busca arrancar a los niños recién nacidos de sus brazos y mucho menos hacerlo de forma violenta. Se le proporcionará a la madre todas las facilidades para que pueda cuidar de su pequeño mientras continua trabajando para el Estado. La Sociedad Comunista tomará a su cargo todas las obligaciones del cuidado del niño, pero nunca despojará de las alegrías paternales y de las satisfacciones maternales a aquellos que sean capaces de apreciarlas y comprenderlas.
La familia tiene como fin atomizar a la clase obrera y propagar el individualismo burgués como barrera a la solidaridad de clase. Es por eso que en la Sociedad del mañana la madre obrera que tenga plena conciencia de su función, se elevará a tal extremo que llegará a no establecer diferencias entre sus hijos y los del vecino; tendrá que recordar siempre que desde ahora no habrá más que "nuestros" hijos. El cariño estrecho y exclusivista de la madre por sus hijos tiene que ampliarse hasta dar cabida a todos los nuños de la gran familia proletaria.
La familia, en su forma histórica patriarcal, como una unidad social basada en el parentesco para la reproducción de fuerza de trabajo explotable en la sociedad de clases y la opresión de la mujer, no desaparecerá de un día para el otro, pero su desintegración paulatina será el resultado del éxito económico y será reemplazada por nuevas formas de vivir más ricas, humanas y gratificantes. Sobre las ruinas de la vieja vida familiar, veremos pronto resurgir una nueva forma de familia que supondrá relaciones completamente diferentes, basadas en una unión de afectos y camaradería. ¡No más servidumbre doméstica para la mujer! ¡No más desigualdad en el seno mismo de la familia!



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